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lunes, 1 de diciembre de 2014

Que no panda el cúnico (River Plate 3 vs Banfield 2)

Seguir en carrera. Nada está perdido. Pudo haber sucedido lo contrario, pero no. De eso se trata el fútbol en definitiva, ganar y perder. Pero a fin de cuentas, cuando todo tiene esa carga de emotividad que puede emanar tan solo una persona con su presencia en cancha, todo tiene un sabor más placentero.

La inactividad te pasa factura. Es inevitable que eso no suceda. River quizás pudo haberse dado el lujo de no extrañarlo tanto desde lo futbolístico. Gallardo supo estar en cada detalle del ataque para que la ausencia de sus goles sobre todo no se note. Eso llevó a Teo peleando la tabla de goleadores del torneo local, Mora con su importante aporte tanto en lo local como en la Sudamericana y Pisculichi también dejando su registro en la red en especial con su excelsa pegada en los tiros libres. Pero aún con todas estas virtudes del equipo, su peso específico de cara al arco rival es inclaudicable. El gol es como respirar. Y River tuvo su bocanada de aire ante Banfield. Sello y rúbrica de él, de Fernando Cavenaghi.

Teo recibió en el párrafo anterior un elogio en base a un dato estadístico, como lo fueron sus goles. Pero hace ya algunos partidos que la realidad se contrasta con lo opuesto. Nadie puede negar su aporte al equipo, tirarse unos metros más atrás para hacer circular el juego, tener un trato más cercano con la pelota y también para quitarle ciertas referencias a los defensores rivales. Pero que eso se extienda en el tiempo produce un déficit al momento de anotar. De hecho, el técnico de River se lo ha remarcado más de una vez en cancha. Y contra Banfield ésto no fue la excepción. Encima el golazo de Bertolo al finalizar el primer tiempo puso a River al borde del precipicio en el torneo, ya que por cuestiones de matemáticas sólo le servía ganar. Se buscaban soluciones. Se encontraban a pocos metros, en el banco de suplentes.

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Cavenaghi llegó a los 100 goles en River Plate
A veces resulta complejo jugar desde la necesidad, porque la desesperación te descompensa. Pero a River eso no le sucedió. Es cierto que Salcedo tuvo la oportunidad para ampliar la ventaja apenas iniciado el segundo tiempo con la defensa de River mal parada. Barovero hizo lo suyo nuevamente para que la esperanza no se vaya. Y en esa contra que River llevó adelante con cautela, el Torito marcó la diferencia orientando el control de la pelota para quedar afuera del área de frente arco y con espacio y tiempo. Su derechazo preciso para marcar el empate, ni más ni menos que su gol 100 para empezar de nuevo. Enseguida el tractor del equipo, Carlos Sánchez, ese que pestañás lo ves y cuando volvés a pestañar está en otro lado distinto, cortando hacia afuera para buscar ese centro de Solari para poner el 2 a 1 y ahogarle parcialmente el grito de campeón a Racing.

No tardó mucho Bertolo una vez más en desequilibrar por su sector. Con el último dejo de aire que le quedaba para que Solari le convirtiera penal, y que Salcedo estableciera el empate. Pero el mismo volante devenido en lateral en el complemento fue despojándose de conos en el camino para llegar hasta el área de Servio y que Bianchi Arce le cometiera infracción. Herrera, en un partido que dirigió impecable, marcó el punto del penal. Ese arco que para Gigliotti fue un calvario, para Cavenaghi fue un trámite. La responsabilidad que tenía era tanta como la del delantero de Boca. Pero el Torito quería dejarles un mensaje a todos. Está de vuelta y, mientras él esté, casi como un homenaje a ese ídolo de la infancia que se nos fue el viernes, no se preocupen que en lo suyo es infalible. Suena el silbato. Patea. La pelota entra en la red nuevamente. Porque no se contenta con haber llegado al 100, deja plasmado el 101 también. Astucia pura.


por Matías Prado
Ex Clarín Deportes

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